Me sorprendió leer un comentario en la web de este diario, debajo de una reseña de la autobiografía de Cristina Peri Rossi. El lector que firma el comentario dice allí: “¿Por qué será tan difícil escribir novela, cuento o poesía sin que aparezcan los consabidos tópicos del incesto, de la ambigüedad moral (y obviamente sexual), del descreimiento más férreo y empedernido, de la ausencia absoluta de Dios en toda la trama? ¿Por qué, en cambio, en el suplemento literario de LA GACETA escasean los artículos, reportajes y críticas de tantos y tan célebres autores católicos…?”
Peri Rossi es conocida, además de por la obra por la que se le adjudicó el último Cervantes (el reconocimiento literario más destacado en lengua castellana), por su militancia política y su activismo, a raíz de lo cual fue censurada por el gobierno militar uruguayo. La primera pregunta puede dar lugar a largas disquisiciones. La segunda, acerca de la supuesta ausencia de católicos en un espacio dedicado a las letras, conlleva una paradoja. Justo arriba de la reseña del libro de Peri Rossi, en la sección web de LA GACETA Literaria, hay una reseña de un libro del papa Francisco -puede que el lector no coincida con sus ideas, pero sería temerario no considerar católico a quien encabeza la Iglesia-; y en la misma edición hay una nota firmada por Sergio Rubin, el máximo referente de temas católicos del diario Clarín.
Perdón por sobreabundar pero veo que en la edición anterior hay un largo homenaje a Héctor Tizón -quien en los meses previos a su muerte estaba escribiendo un libro titulado Mis conversaciones con Cristo- y un artículo sobre el aborto de un profesor de la Universidad de Navarra.
Claro que hay muchas otras notas provenientes de autores con posiciones muy diversas pero con estos ejemplos resalta el sesgo del lector que percibe ausencias en medio de múltiples presencias.
La miopía cognitiva, creo, es un mal agudizado en nuestra época. Los reflejos reactivos frente a lo diferente, muchas veces generan la imposibilidad de ver lo que tenemos frente a nuestros propios ojos.
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JUAN JOSÉ FERNÁNDEZ CÓRDOBA